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Del lado de quienes no tienen nada y lo dan todo

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Unas trescientas personas, y en su mayoría niños, de la localidad Las Lomitas, en el departamento Albardón, se alimentan a diario gracias al esfuerzo que hacen en el Merendero Corazones Sonrientes para conseguir mercadería y preparar almuerzo y merienda. La Cámara Minera de San Juan se acercó para llevarles víveres, y también ropa y calzados tras una colecta que hizo la entidad.

Preparar un plato de comida y una taza de té con al menos un pedazo de pan, es una tarea que no cualquiera realiza en las condiciones precarias que la familia Vega lo hace diariamente para unas cuarenta familias. En una humilde casa viven cuatro personas que están dispuestas a quedarse sin comida con tal de que ninguna familia de la zona, que asiste al Merendero, se vaya con el plato vacío. Si aún así le faltara a alguien, se llevan un paquete de fideos o de arroz para cocinarlo en su casa.

En el Merendero que está por calle La Laja el frío y el calor extremos no son un impedimento para hacer el fuego a la intemperie y cocinar, ni para amasar y llevar al horno de barro el pan, semitas o algo dulce para que los chicos merienden. En esa casa, que tiene carencia de comodidades, vive Nicolás Vega (23), su mamá, su tía y su abuela Dominga que tiene 73 años.

“Lo empezamos el 5 de abril del 2019, con mi abuela y mi padrino de Confirmación que es chofer de la Línea 20. Él me dijo que veía bajoneada a mi abuela y que le pusiera un merendero, para eso me donó dos cajas de leche y 1 kilo de azúcar. Así arrancamos y le fuimos dando merienda a unos cincuenta chicos”, dice Nicolás Vega.

Su abuela Dominga, que le pone el hombro a la par de las veinte personas – entre vecinos y familiares- que se van turnando para ayudar, trabajó de portera en una escuela y se jubiló. Fue por su empleo que siempre estuvo en contacto con niños y se sensibiliza cuando sabe que muy cerca de su casa hay muchos de ellos que están pasando hambre. Lo que vio Nicolás Vega un día en un kiosco cercano es una clara muestra de la escasez casi absoluta con la que sobreviven familias enteras.

“Cuando inició la pandemia vi con mis propios ojos a una familia de la zona que fue a comprar al kiosco donde estaba yo. Tienen ocho hijos y compraron 15 pesos de pan y un picadillo, con eso iban a pasar el día”, relata el joven que no terminó el secundario porque salía a hacer changas para colaborar con la mercadería del Merendero. Hoy no tiene trabajo y asegura que “esto no es para nosotros, sino para los chicos”.

Este hijo único es el hombre de la familia y quien escribe estados de WhatsApp en el caso de que no tengan con qué preparar la comida del día siguiente. “Así pido colaboración. Toda la ayuda que recibimos nos viene muy bien. Gracias a Dios todavía estamos con el comedor, aunque tengamos que juntar entre nosotros el dinero para poder hacer la olla”, dice Nicolás.

No hay un menú semanal fijo, porque muchas veces no saben qué van a tener. El único día que no cambia el plato es el lunes. Ese día sale arroz con pollo, con carne molida o solamente con verduras.

“Mi proyecto es armar un comedor como debe ser, para los chicos. No cocinando en el fuego y tener todo para que puedan venir a comer acá”, comenta el albardonero.

El concepto Minería Solidaria no es solo una frase, sino que la Cámara Minera de San Juan tomó la posta de contribuir con entidades, instituciones o sectores de la comunidad que trabajan en barrios carenciados y que con poco hacen mucho.

 

 

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