Emprendedora de Iglesia, Flavia Pizarro relató los orígenes y desarrollo de su Taller Textil Allinqara, el cual emplea a cuatro mujeres del departamento. “Me genera mucha emoción poder mirar todos los días mi taller y ver a las chicas trabajando codo a codo conmigo”, señaló Flavia.
Bienvenida al programa Flavia ¿Cómo estás? ¿Cómo está este mediodía en Iglesia?
Hola Leonardo, es un gusto saludarlo, estoy muy bien, muy contenta por su llamado. Ahora está muy lindo, hace algo de calorcito, pero está lindo, con un solcito muy acompañador.
¿A qué te dedicas y porqué tu emprendimiento se llama Allinqara?
Bueno, yo tengo un tallercito de costura aquí en Iglesia. Tiene más o menos tres años ya de existencia y se llama Confecciones Allinqara. Es un nombre quechua, que es la lengua que usaban los aborígenes de esta zona. El significado de la palabra es “suerte”, porque realmente eso es lo que hemos tenido junto a mi marido, mucha suerte.
¿Cómo empezaste en esto de la costura? ¿Es algo que siempre te gustó?
Hace más o menos 15 años que me dedico a esto, quizás un poco más. Yo me recibí de mecánica dental, pero siempre me había gustado pintar y dibujar, desde chiquita. Y sentía que eso me faltaba, entonces comencé a aprender a pintar y dibujar, y empecé a hacer almohadones para niños con dibujos. Los dibujaba, los pintaba, los cosía y los vendía. Luego compramos una maquina de coser y empecé a hacer más almohadones y ya metí manteles y caminos de mesa. En ese momento le ofrecen trabajo a mi marido acá en Iglesia y nos vinimos para aquí con mi hija que era chiquita.

¿Entonces llegaste a Iglesia por la oportunidad de trabajo de tu marido?
No, soy nacida y criada en Tudcum, soy iglesiana con mucho orgullo. Solo que me fui de joven para poder estudiar y ya formé mi familia y vivía en Santa Lucía, hasta que le sale este trabajo a mi marido. Entonces cuando llego de nuevo a Tudcum me pongo a vender ropa, y seguía con la pintura y la costura, y así todo el tiempo. Luego aparecen unas docentes y los padres de una salita de cuatro años y me piden que les haga un dibujo en el medio del ponchito a los chicos y les dije que sí. Bueno ahí empecé a hacer ropa y dije, puede que sea por aquí. Pero no tenía mucho conocimiento así que fui a la escuela de capacitación de aquí que tiene corte y confección, y empecé a estudiar, estudiar, estudiar.
¿Aprendiste algunas cosas más y empezaste a fabricar ropa vos misma, digamos?
Claro, fui mejorando un poco, empecé a tomar medidas, y empecé a hacer cosas más personalizadas. Un poco la pintura quedó de lado y me dediqué a la costura. Comencé a fabricar prendas, ropa a pedido, y en un momento aparece el proyecto Josemaría, y me incluye en un programa que se llama “impulso”. Entonces mi marido me hizo un salón donde puse mi taller, empecé solo con mi maquinita, después decidí comprar una máquina más grande para poder hacer más cosas.

¿Vos lo veías como algo posible? Digo, esto de tener un taller, de ser potenciada por una empresa minera, de fabricar mucha ropa…
No, la verdad es que no. Cuando te empiezan a potenciar te da miedo porque vos al principio siempre piensas que no puedes hacer las cosas. Yo decía sí, sí, pero por dentro lo veía como algo muy lejano. Y venía todas las semanas este hombre del programa Impulsar de Josemaría y yo decía por dentro “otra vez este hombre, Dios mío”. Pero él venía, me hablaba, me dejaba una tarea que tenía que hacer para la siguiente semana. Alfredo se llama este buen hombre, luego vino con Celeste también, una diseñadora gráfica que me explicó que debía tener nombre, una marca, un logo, etc. Y bueno ahí fue cuando verdaderamente empecé.

¿Fue como que te hizo un clic y viste que además de un hobby podía ser tu fuente de trabajo?
¡Claro! Ahí es cuando me pongo a ver que podía vivir de eso, que me podía dedicar a eso. Luego vino el programa de Mujeres en Red y ahí terminé de darle la vuelta de rosca. Pedí un préstamo, compré máquinas, desde el programa de Mujeres en Red me dieron un financiamiento y volví a comprar maquinas, cosas más industriales. Y finalmente monté mi taller con todas las máquinas y demás.
¿Y ahí te diste cuenta que te hacía falta gente para trabajar?
Sí, tal cual, ahí empecé a formar gente, porque muchas mujeres de aquí saben de costura, pero no a nivel de manejar una máquina industrial. Empecé a preparar muchas chicas de acá a las cuales les he enseñado el oficio. Pero a la vez también me iba formando yo, me capacitaron desde Mujeres en Red en cuestiones contables, administrativas y demás. No es que ahora sea contadora ni nada, pero entendí que se deben tener conocimientos básicos del funcionamiento de tu negocio.
¿Cuántas personas ahora trabajan en tu taller?
Ahora, actualmente hay cuatro chicas que trabajan en el taller. Hemos estado haciendo muchos chalecos para Josemaría, porque nos incluyeron en un programa de formación donde venía el abogado, una contadora, gente que te formaba, y ahí salió este programa en el cual nosotras hemos hecho 130 chalecos para el proyecto Josemaría. A la vez estoy trabajando con Milicic, con Huarpe, con LyG y varios contratistas más que trabajan aquí en Iglesia. Hago chalecos refractarios, camperas, primera piel, pantalón de trabajo, remeras, sublimados, bordados, de todo.

Ahora tu taller se convirtió en una empresa ¿lo ves así?
Me cuesta muchísimo verlo de esa manera, es lo que te dicen, que ya es una empresa, pero muchas veces nos cuesta asumirnos en ese rol. Ahora incluso soy parte de la Cámara Minera de Iglesia y viajo a Buenos Aires a comprar las telas porque se hace difícil que las cosas lleguen hasta mi casa, donde funciona el taller. Entonces muchas veces cuesta asumir ese rol, porque también implica mucha responsabilidad. A mi me genera mucha emoción poder mirar todos los días mi taller y ver a las chicas trabajando codo a codo conmigo. Pueblos como el nuestro son chicos, están alejados y muchas veces las cosas nos cuestan mucho.
Te emocionas un poco al hablar de esto, debe ser una sensación linda poder generarles empleo a las chicas que trabajan con vos en el taller…
Me emociona pensar que puedo colaborar en la vida de los demás con algo que uno mismo emprendió. Dos de las chicas del taller son solteras y las otras dos son casadas y tienen hijos. Así que es una satisfacción muy linda ver que pueden aportar a sus casas y crecer por el trabajo que tienen. Yo las ayudo y acompaño como muchas veces me ayudaron y me acompañaron a mí. El otro día una de las chicas me mostraba algo y me decía “con lo que me has pagado le he comprado esto a mi hija para poder festejarle el cumpleaños de 15”. Ese tipo de cosas son muy lindas y me emocionan mucho.

Siento que sos una persona muy positiva Flavia ¿te consideras así?
Por supuesto, siempre positiva, siempre para adelante. Estoy tratando de contagiarle esas ganas a todo el grupo de Mujeres en Red. Imagínate la fuerza que puede llegar a tener un grupo de 72 mujeres emprendedoras. Es más, el otro día hablábamos entre todas del aporte que puede hacer cada una a la organización. Una de las mujeres decía que había una que no iba a poder aportar mucho porque tiene 10 hijos y está muy ocupada. Ahí fue cuando le dije que ella nos puede aportar organización: si tiene 10 hijos quién mejor que ella para poder explicarnos o transmitirnos la experiencia de poder organizarnos, es una organizadora nata. Intento siempre ver el lado positivo y trasmitirle eso a las chicas, que nos podemos equivocar, que podemos fallar, pero que el secreto está en levantarse y volver a empezar.
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